19 de agosto del 2026
Por: Sergio Ortíz y Josefina Salomón Ilustraciones: Sergio Ortiz
Las mujeres representan la población carcelaria de más rápido crecimiento en América Latina. La mayoría está condenada por delitos de droga de poca monta, son jefas de hogar y provienen de entornos marginalizados. Algunos gobiernos, incluyendo en Costa Rica y Colombia, creen que la cárcel no brinda una solución sostenible para este grupo y están recurriendo a alternativas. ¿Funcionan estos modelos y pueden sobrevivir la nueva ola de mano dura en la región?
Erenia Cerdas, 38, vivía en la calle y pedía dinero para costear su consumo de droga cuando, a finales de 2021, un conocido le ofreció U$S 100 para llevar unas maderas a la prisión de Cocorí, en el centro de Costa Rica. Le dijo que iban a usarse en unos talleres de manualidades. Erenia, que ya había pasado por 16 centros de rehabilitación y perdido la custodia de sus hijos hacía una década, tenía poco que perder. Encontró la forma de llegar hasta la cárcel, pero cuando pasó por la revisión, los guardias descubrieron que entre las maderas había unos paquetes con cinco kilos de marihuana. Ella dijo que no sabía de dónde había salido todo eso, pero fue detenida inmediatamente.
Las prisiones en América Latina están atiborradas de mujeres condenadas por microtráfico de drogas, narcomenudeo. De hecho, son la población de más rápido crecimiento en los centros penitenciarios de la región. A nivel global, el aumento ha sido del casi 60 por ciento desde el 2000, una diferencia abismal frente al 22 por ciento de aumento de hombres, según la sexta edición de la Lista Mundial de Mujeres Encarceladas, producido por el Instituto de Investigación de Política Criminal de la Universidad de Birkbeck de Londres.
Estados Unidos, Tailandia y El Salvador lideran la lista de países con mayor tasa de mujeres encarceladas.
El Salvador, Bahamas y Uruguay le siguen de cerca.
Una de las razones que explican esto, según Coletta Youngers, experta en políticas de drogas y encarcelamiento, es que los jueces tienden a castigar más duramente a las mujeres. “Creo que eso se debe en gran medida a la discriminación y al estigma. Se considera que las mujeres que se involucran en actividades ilícitas han desafiado las expectativas que la sociedad tiene de ellas, por ejemplo, como cuidadoras”, dice.
Pero durante la última década, algunos países de América Latina han estado experimentando con potenciales alternativas al encarcelamiento. Costa Rica es uno de ellos.
En 2013, luego de que un estudio de la Fiscalía del país confirmara que la gran mayoría de las mujeres encarceladas habían sido condenadas tras intentar ingresar drogas a las prisiones, el país reformó su Código Penal. El artículo 77bis introdujo la perspectiva de género y redujo las penas para mujeres en condiciones de vulnerabilidad, en particular quienes tienen personas bajo su cuidado o son adultas mayores.
Bajo la nueva ley, el juez a cargo del caso puede considerar otras opciones al encarcelamiento como alternativas para reparar el daño. Estas van desde la detención domiciliaria, la libertad asistida, la libertad restringida con dispositivos electrónicos, el trabajo comunitario y hasta abordajes más integrales como la justicia restaurativa para mujeres sin prontuario de delitos previos.
“Cuando comenzamos a revisar los casos de delitos relacionados con drogas en 2012 detectamos que el 98 por ciento de las personas acusadas eran mujeres cabeza de familia en situaciones de gran vulnerabilidad”, dice Zhuyem Molina, profesora, jueza, y exdefensora pública en Costa Rica, quien fue parte del proceso de redacción de la ley.
“Cuando comenzamos a entrevistarlas, todas hablaban de hambre, de coacción producto de las condiciones de vulnerabilidad que tenían. Cuando logramos darle criterio científico, técnico y respaldar con estudios el proyecto de ley, logramos poner esos factores en la mesa y le pusimos humanidad a un perfil de narcotráfico que por mucho tiempo no tuvo rostro.”
En Costa Rica, como en muchos países, las mujeres tienden a jugar dos tipos de roles en el mundo criminal, en particular dentro de las organizaciones que trafican drogas. Por un lado, están aquellas que lideran organizaciones, en quienes tienden a recaer las tareas de logística y finanzas. Y están las que juegan roles más pasivos, invisibles, de transporte al menudeo, por ejemplo. Estas últimas son, según las expertas, quienes tienen a ser más criminalizadas.
“Cuando yo les preguntaba a las mujeres ‘¿Por qué no dijo que este tipo la tenía amenazada’, ellas me decían ‘Cómo voy a hablar si esa era la persona con la que yo dormía, quien, con una llamada, daba una orden y luego yo aparecía muerta? Si yo asumía ese riesgo, ¿Quién iba a cuidar a mis hijos?’”, explica la abogada.
Dos meses después de la promulgación de la ley, más de 120 mujeres salieron de la cárcel y se reunieron con sus hijos. Más de una década después, muchas continúan beneficiándose.
Erenia es una de ellas. Cuando la condenaron por tráfico de drogas en 2022, la abogada que el Estado le asignó solicitó que se aplicara un proceso de justicia alternativa por sus condiciones de vulnerabilidad.
El juez a cargo del caso resolvió que Erenia recibiera tratamiento para ayudar con sus adicciones y luego brindara servicios a la comunidad durante dos años. Hoy vive con el menor de sus hijos y dice que tiene una red de contención.
“Siempre quise cambiar mi vida y dejar las drogas, pero no tenía a nadie que me ayudara”, explica. “La justicia restaurativa es una fuente de beneficio para muchas personas. A veces creen que no nos merecemos una segunda oportunidad, y este sistema nos permite demostrar que somos capaces de reparar nuestro daño de otra manera, convertirnos en una persona de bien”.
La historia de Erenia se repite una y otra vez, aunque no siempre con el mismo final.
La primera vez que a Berta Robles (no es su nombre real), originaria de Nicaragua, le ofrecieron ingresar drogas en la cárcel, no lo pensó dos veces. Después de vivir en Costa Rica sin papeles durante 20 años, sobreviviendo con el trabajo sexual para mantener a sus cinco hijos, la oferta de ganar más dinero fue demasiado tentadora para rehusar. El hombre que la convenció le dijo que ingresar la droga sería fácil.
“Yo no estaba hecha para eso, los guardias se dieron cuenta enseguida”, recuerda ahora.
Por su condición de vulnerabilidad, le aplicaron la ley alternativa y la enviaron a casa. Pero la deuda que acumuló con quien le había dado la droga la dejó en una situación más vulnerable que en la que estaba antes. Volvió a intentarlo. En 2019 fue condenada a seis años de cárcel. Hoy comparte una celda con otras 25 mujeres, lejos de sus hijos.
“Solo quiero salir de aquí, la cárcel no es el mejor lugar para cambiar,” dice.
Alternativas vs Bukelismo
A más de 10 años de la aprobación de la ley de alternativas en Costa Rica, la gran pregunta es su posible futuro en un contexto de creciente criminalidad, violencia y llamados de estrategias de “mano dura”.
La respuesta es compleja.
En los últimos años, la seguridad se convirtió en uno de los temas de mayor preocupación de la población en Costa Rica, principalmente a causa de un aumento de la tasa de homicidios y la expansión del poder de influencia de organizaciones criminales, quienes se benefician de la ubicación estratégica del país como zona de paso de drogas ilícitas.
Este contexto, dicen los expertos, contribuyó a la elección de Laura Fernández a la presidencia, con promesas de más mano dura para enfrentar el crimen. Mientras que Fernández logró bajar la tasa de homicidios a principios de 2026, mientras que la tasa de encarcelamiento continua subiendo.
La estrategia responde a una tendencia hacia medidas más punitivas para combatir el narcotráfico que viene cobrando cada vez más adeptos en la región.
Ernesto Cortés, especialista en cárceles y políticas de droga en Costa Rica, dice que el modelo no funciona en el largo plazo.
“La forma en la que se mide el éxito de las políticas de droga, únicamente a través del decomiso y el arresto de personas, está completamente equivocado. Una forma de mejorar la salud es reduciendo la violencia que genera la ilegalidad del mercado. Aumentar el encarcelamiento no funciona, ni decrece la violencia. Estados Unidos es un ejemplo perfecto de eso”, explicó.
Mientras tanto, las activistas continúan promoviendo la justicia restaurativa como alternativa sostenible.
“No es mano blanda ni impunidad. Es reparación de un daño a una persona que puede tener un impacto profundo en su comunidad, se trata de procesos con mucho control y responsabilidad a través de modelos que pueden generar muchos cambios,” dice Jovanna Calderón Altamirano, jefa de la Oficina Rectora de Justicia Restaurativa del Poder Judicial de Costa Rica.
La clave, todas coinciden, está en la implementación. Colombia, por ejemplo, donde aproximadamente la mitad de las mujeres encarceladas están en prisión por delitos relacionados con el narcotráfico, en 2022 aprobó una ley que permite que algunas mujeres cabezas de familia cumplan sus condenas trabajando fuera de la cárcel.
Desde que la ley comenzó a ser implementada, en octubre de 2023, unas 260 mujeres han sido beneficiadas. Las organizaciones sociales dicen que no es suficiente, piden más recursos y apoyo para las mujeres que podrían beneficiarse con la ley.
“Es muy positivo que muchas mujeres tengan la posibilidad de salir de la cárcel, pero un tema clave es lo que pasa después de la salida. Cuando recuperan la libertad, las mujeres hacen su servicio social, pero ¿Con qué dinero van a llegar? Y ¿Cómo van a mantener a sus familias? Todavía falta mucho por mejorar”, dice Claudia Cardona, activista de derechos humanos, directora y Cofundadora de Mujeres Libres, quien participó en la redacción de la ley.
La gran pregunta es cuánto apoyo pueden recibir programas que desafían las estrategias punitivas cada vez más populares en la región.
Este texto fue publicado originalmente en In.Visibles en marzo de 2024 y actualizado en mayo de 2026.